En mi hogar se camina lento.


D
esde que entendí que ir de la mano no es solo aparentar que sostienes, sino decidir, con presencia, acompañar de verdad, todo cambió. Aprendí que la intimidad es un lujo; no por esconder, sino por cuidar. Se trata de proteger lo que aún late sin necesidad de validación externa, porque resguardar los rincones de uno mismo no es egoísmo, es respeto.

Es saber que cuando ofreces algo genuino, no necesitas imponerte ni rebajar a nadie. Comprendí que los lazos reales no gritan, y que soltar también puede ser una forma de amar cuando sostener se vuelve dañino. Ya no busco encajar en vínculos forzados; solo me quedo donde lo mutuo respira, donde la presencia no pesa y donde el afecto no pide la rendición de mi identidad. Donde no solo se trata de exigir sino de entregar; de la conciencia de lo que hacemos y cómo lo hacemos. Acepto caminos distintos. Soy mi hogar, el refugio que decido continuar construyendo con mis propias intenciones, el jardín que deseo cultivar, la semilla que anhelo. Mi hogar es mío, y lo cuidaré a mi ritmo, an mis pasos, a lo que soy: humana, pausada, lenta, algunas veces rápido,  otras serena, otras con dudas y en presencia. Llévame lento, que no tengo prisa.

Mientras pasa el tiempo, me doy cuenta de que lo más importante reside en lo que sientes con la gente. Siempre he creído que no se empieza de cero, sino que se continúa con una perspectiva diferente. Mientras la edad me sigue sumando dígitos, no puedo evitar pensar que pareciera que nos sobra el tiempo, cuando las cosas suelen irse sin aviso.

Decido vaciar un poco la mochila, hacer espacio y habitar el vacío por un rato más. Amo servir y acompañar, amo entregar si te falta. Amo ser ingenua, un poco miedosa; apasionada. Prefiero a veces una duda antes que la afirmación absoluta del señalamiento y elijo siempre lo que mi alma pide. Priorizo la libertad de hacer sin la intención de dañar a otros; prefiero desaprender para volver a aprender.

Elijo, y aunque para otros no sea tan válido, lo es para mí. Mi bienestar es la brújula. Quiero estar bien, quiero sentirme bien, experimentar la vida desde la plenitud y volver a la calma con naturalidad. No tengo que optar por lo que otros esperan; trazaré un rumbo acorde a mis deseos. Decidir no me hace inhumana, me hace consciente. Mi mundo, mi espacio, mi mirada, mi cuerpo y mi alma soy yo quien los experimenta; por eso, elijo.

Mi hogar no son columnas las que me sujetan, es mi propia alma la que me da refugio

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