En busca de la paciencia.

Durante la pandemia, tomé la decisión de trabajar en algo que, aunque parecía sencillo, resultó ser un desafío mucho mayor de lo que imaginaba: la paciencia. Pensaba que bastaría con hacer algunos ajustes en mi rutina diaria, pero rápidamente entendí que la verdadera paciencia no es algo superficial, ni una habilidad que se adquiera de manera rápida. Se cultiva desde lo más profundo, como una semilla que debe ser regada y cuidada con esmero. 

Me propuse realizar cardio y pesas todos los días, meditar al despertar, antes de dormir, e incluso en el mediodía. Estos momentos de pausa me permitieron ver la vida desde otra perspectiva, con más calma y menos prisa. La simple observación de las pequeñas cosas diarias me mostró cuán profundamente nuestras experiencias están relacionadas con los cambios internos que estamos dispuestos a hacer. Lo que parecía un esfuerzo enorme se transformó en una oportunidad de transformación personal. 

Con el sistema nervioso más calmado, mi paciencia comenzó a extenderse incluso a los momentos más pequeños de mi día. Esperar a que algo cargara en la computadora ya no era un ejercicio habitual de ansiedad; simplemente me quedaba mirando la pantalla, confiando en que todo sucedería a su tiempo. En otros escenarios cuando la entrenadora contaba regresivamente desde el otro lado de la habitación, me concentraba únicamente en la entrada y salida de mi respiración. Sara Corrales, en pandemia, se convirtió en mi maestra de ejercicio.

No voy a mentir: al principio, la ansiedad era una compañera constante. Me sentía nerviosa por todo lo que sucedía en el mundo y, como primer paso, decidí cerrar mis redes sociales. Lo que encontré en ese silencio fue un regalo inesperado. Aquel silencio, tan preciado, se convirtió en una etiqueta de paz que valoro profundamente hasta hoy. Desde entonces esa pequeña decisión cambió por completo mi relación con el tiempo y el espacio. 

La paciencia, como he aprendido, es un arma poderosa, aunque silenciosa. Quienes no la practican tienden a creer que el mundo está en su contra. Pero esta virtud nos enseña algo fundamental: las cosas rara vez son personales. Todo tiene su propio ritmo y tiempo. Aprender esto implica soltar la necesidad de controlar, entender que no todo debe girar en torno a nuestra voluntad. A veces, la vida nos invita a esperar; otras, nos sorprende cambiando nuestros planes. Podemos optar por frustrarnos o, como un pulpo, adquirir la flexibilidad de adaptarnos sin perder el centro. Optar por la paciencia en vez de la impaciencia es, con el tiempo, una elección que transforma nuestra relación con el presente. 

Cultivar la paciencia también me llevó a rediseñar mi rutina diaria. Incorporé caminatas, meditación, ejercicio, lectura, cocinar y hasta actividades artísticas, hábitos que no solo sostienen mi calma, sino que la enriquecen. Pero también aprendí a ser flexible. Si no puedo hacer ejercicio a la hora que planeé, me permito encontrar un espacio libre más tarde. Y si solo tengo diez minutos, esos diez minutos son suficientes. La flexibilidad evita que cualquier cambio en la rutina nos rompa el equilibrio, y nos permite integrar nuevas actividades sin sacrificios extremos. 

Mientras escribo estas líneas, el ruido de una construcción cercana y el ladrido insistente del perro del vecino llenan el aire. Y, para completar el cuadro, tengo dolor menstrual en un día de 31 grados. Podría elegir quejarme de todo esto, pero ¿qué ganaría con ello? Solo añadiría incomodidad a mi vida. En cambio, busco alternativas: pongo música, me acomodo en posturas de yoga para aliviar la presión, y cuando la paciencia se me escapa, un baño frío obra maravillas. Aprender a no reaccionar al primer impulso de incomodidad es, como siempre, un trabajo de paciencia.

Cuanto más practico actividades que me llevan a la calma, más me convierto en esa calma. Todo lo que eres hoy es el resultado de los patrones que has repetido, consciente o inconscientemente. Si esos patrones te han hecho bien, es porque, de alguna manera, han llegado a formar parte de ti. Antes, perdía la paciencia por lo más mínimo, culpando a mi entorno. Sin embargo, esas emociones estaban dentro de mí. Como dicen en el budismo: "No creas en algo que no hayas experimentado." No es necesario aceptar lo que otros dicen como una verdad absoluta; es mejor experimentarlo y decidir por uno mismo. Cuestionar no es una falta de respeto, es la base de la autenticidad. 

Aquí estoy, desempolvando estos escritos olvidados en mi computadora, como pequeños tesoros. He cultivado la paciencia, pero, claro, aún hay momentos que pueden hacerla desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. La primera: cuando estoy sudada, rodeada de gente, y no hay una ducha en kilómetros. La segunda: el hambre, ese estado en el que cualquier conversación se convierte en una lista mental de cosas que podría estar comiendo. La tercera: el ruido extremo e innecesario, y la cuarta: esa presión para decidir algo de inmediato. En esos momentos, mi paciencia no solo desaparece, se esfuma como un truco de magia mal ejecutado. 

No quiero dar la impresión de que debemos ser personas de paciencia infinita, ni que tengamos que aguantarlo todo con una sonrisa estoica. La paciencia también necesita límites para seguir siendo valiosa. Con el tiempo, entendí que encontrar ese equilibrio es lo que realmente importa. Y sí, hay que saber cuándo ceder ante una pequeña impaciencia y cuándo tomar distancia para que otros no terminen pagando por ella. 

Retomando a la Rosaura del pasado, ella cerró todo esto de una manera particular. 

Lo que enciende una chispa de calma en tu alma, lo que despierta una sonrisa al final del día y todo lo que eliges para llenar tus espacios es un reflejo de lo que llevas dentro. Permítete descubrir lo que realmente te define y construirlo sin prisas. Sé auténtico, incluso en los momentos más silenciosos, porque aquello que decides nutrir en tu interior se convierte, tarde o temprano, en el rostro que le das al mundo, el rostro de quien eliges como pareja, amigo y las posesiones. 

La verdadera felicidad no se encuentra en las expectativas ajenas, sino en ese equilibrio entre lo que decides mostrar y lo que guardas para ti. Encuentra un hogar dentro de ti, porque como es adentro, es afuera; y como es arriba, es abajo. Vive sin miedo a ser quién eres, porque nadie puede sostener por mucho tiempo la máscara de lo que no es. Fingir y aparentar es un peso que desgasta. 

Es mucho mejor que lo que te cueste te lleve a un estado de paz contigo mismo, en lugar de ser solo algo que le da placer al exterior mientras el sufrimiento te acompaña en silencio como una sombra

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